
Hacía apenas dos mes que había vuelto por segunda vez al club cuando en octubre de 2006 tuvo que parar la pelota y pedir ayuda. Ariel Ortega y River volvieron a postergar así aquél reencuentro con gloria que tanto habían soñado. El niño mimado de principios de los 90 -hoy devenido en ídolo- ya no podía disfrutar a pleno del fútbol, por más que se resignara a dejar aquello que desde siempre le gustó hacer.
Sin embargo, aconsejado por su entorno, el Burrito aceptó apartarse de la pelota aunque con la imperiosa condición de que alguna vez lo dejarían volver. Pero esa misma desesperación por volver lo llevó a apurar tiempos de una recuperación tan delicada como lenta, y la pronta vuelta de Ariel a fines de ese mismo año resultó efímera. La prueba de ello quedó en evidencia cuando en plena pretemporada de 2007 en Mar del Plata debió abandonar la concentración y regresar a Buenos Aires.
A raíz de ese nuevo bajón, la decisión determinante la tomó el propio Ortega: “Estoy muy mal, hoy no puedo pensar en el fútbol”, explicó el jujeño, y días después se embarcó rumbo a Chile para continuar su recuperación alejado de la vorágine argentina. Allí, en Santiago, se sometió a una dura rehabilitación que le demandó 30 días pero que le devolvió las ganas de entrar a una cancha para divertirse. Recién ahí pudo volver y sentirse de regreso en ese club que desde 1990 se convirtió en su segunda casa.
Pero a pesar de que pudo disfrutar de varios partidos tras ponerse a punto físicamente, el reencuentro con la gloria esperó hasta el último domingo cuando jugó el Superclásico que había soñado jugar. Se trató de una tarde que no sólo enmarcará su carrera profesional sino también su idolatría. Pero por sobretodo fue el partido que le devolvió la sonrisa, que lo invitó a volver a pensar en la Selección, y que puso en el cielo aquella frase que todos los hinchas de River desde hace tiempo ansiaban escuchar: Hay Burrito para rato.
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