jueves, 11 de octubre de 2007

Enorme organizacion y fiesta en las tribunas de la gente de River


La gente de River se merecía semejante alegría. No solamente por los reveces futbolísticos que venía soportando estoicamente sino, también, por la fiesta que preparó para vestir al Monumental de rojo y blanco y que le hizo temblar las piernas a los 11 bosteros.

Ya a las siete de la mañana se iba juntando el pueblo “millonario”. Con una mezcla de ansiedad y orgullo por participar en la preparación de semejante fiesta, cada uno de los 200 hinchas que se acercaron puso el hombro para subir a las tribunas toneladas de diarios, rollos de papel y cintas rojas y blancas. Ya había alegría entre los hinchas. Ya había olor a clásico.

Se fue acercando la hora y el Monumental tomaba color y calor. La popular ofrecía una comunión de cuerpos apretados y voces a todo volumen. Las plateas acompañaban cada canto y saltaban como nunca. Uno se preguntaba: ¿Por qué tanto optimismo? No había respuesta lógica, solo la pasión podía explicar tanto amor y confianza.

Y por fin salió River. Por fin se puso en funcionamiento la escenografía. Miles de globos por los aires, cientos de petardos, humo rojo y humo blanco. El aliento era ensordecedor y, nuevamente, telas rojas y blancas cayeron desde las tribunas altas generando una hermosa cortina que cubrió tres cuartas partes del Monumental. Los jugadores de Boca estaban estupefactos y miraban anonadados a su alrededor. Sin dudas, nunca habían recibido semejante bienvenida, nunca se habían sentido tan visitantes y nunca les habían temblado tanto las piernitas.

Así arrancó el partido, con un claro dominio en las tribunas que pronto se reflejó en la cancha. Arriba River alentaba, abajo dominaba e iba en busca de un triunfo para los que ponen el hombro desde las tribunas. Y River fue, Boca buscaba aire que no encontraba. Trataba de enfriar un calor inagotable, de apagar una hoguera con saliva. Imposible, el “Millo” -equipo y gente- se lo comía, Boca se convertía en un pobre pato en medio de una merienda de lobos. Explotó el Monumental dos veces, los oles de arriba acompañaban el toqueteo de abajo. La resolución del clásico en la cancha fue un trámite de 45 minutos, un suspiro.

Casi el mismo tiempo se necesitó para confirmar el ganador de arriba que quedó claro en cuanto River apareció para jugar el segundo tiempo. Desde la Sívori alta cayeron toneladas y toneladas de papeles, esos que con un inmenso pasamanos, en el que los hinchas madrugadores dejaron ver su amor, fueron subidos con esfuerzo. Una enorme y espesa nube de papeles se adueño del ambiente y se convirtió en la estocada final para, a esa altura, esos 10 pobres pares de piernas que ya ni querían moverse. El clásico estaba listo. De ahí en más todo fue fiesta, los de enfrente ya ni existían. River bailaba a Boca en la cancha y su gente bailaba en las tribunas mientras esperaba que pasé el tiempo sin dejar de disfrutar un solo minuto.

El domingo River fue esfuerzo y más esfuerzo, aliento y más aliento, locura y carnaval, rojo y blanco. El pueblo riverplatense puso el hombro, el cuerpo y la garganta. Todo lo que pudo lo dio, no se guardó nada. Se tenía merecida semejante alegría. Motivos sobraban. ¡Salud!

Tenemos burrito para largo!!!


Hacía apenas dos mes que había vuelto por segunda vez al club cuando en octubre de 2006 tuvo que parar la pelota y pedir ayuda. Ariel Ortega y River volvieron a postergar así aquél reencuentro con gloria que tanto habían soñado. El niño mimado de principios de los 90 -hoy devenido en ídolo- ya no podía disfrutar a pleno del fútbol, por más que se resignara a dejar aquello que desde siempre le gustó hacer.

Sin embargo, aconsejado por su entorno, el Burrito aceptó apartarse de la pelota aunque con la imperiosa condición de que alguna vez lo dejarían volver. Pero esa misma desesperación por volver lo llevó a apurar tiempos de una recuperación tan delicada como lenta, y la pronta vuelta de Ariel a fines de ese mismo año resultó efímera. La prueba de ello quedó en evidencia cuando en plena pretemporada de 2007 en Mar del Plata debió abandonar la concentración y regresar a Buenos Aires.

A raíz de ese nuevo bajón, la decisión determinante la tomó el propio Ortega: “Estoy muy mal, hoy no puedo pensar en el fútbol”, explicó el jujeño, y días después se embarcó rumbo a Chile para continuar su recuperación alejado de la vorágine argentina. Allí, en Santiago, se sometió a una dura rehabilitación que le demandó 30 días pero que le devolvió las ganas de entrar a una cancha para divertirse. Recién ahí pudo volver y sentirse de regreso en ese club que desde 1990 se convirtió en su segunda casa.

Pero a pesar de que pudo disfrutar de varios partidos tras ponerse a punto físicamente, el reencuentro con la gloria esperó hasta el último domingo cuando jugó el Superclásico que había soñado jugar. Se trató de una tarde que no sólo enmarcará su carrera profesional sino también su idolatría. Pero por sobretodo fue el partido que le devolvió la sonrisa, que lo invitó a volver a pensar en la Selección, y que puso en el cielo aquella frase que todos los hinchas de River desde hace tiempo ansiaban escuchar: Hay Burrito para rato.

martes, 9 de octubre de 2007

enorme victoria de River vs. boca


Lo pasó por arriba. Lo aplastó. Lo arrasó. Lo pisó. Lo bailó.Y lo pensó.El triunfazo de River fue de la cabeza a los pies. Las órdenes de las mentes bajaron perfectas a las piernas. River tuvo convicción, autoridad, actitud, temple, inteligencia y juego. Así borró a Boca, la antítesis, una imagen oscura de un equipo que en las finales (y ésta se le parecía mucho) siempre da algo más.River cimentó su victoria desde la fiereza para disputar cada pelota dividida, la presencia defensiva de la dupla central, la marca de Ponzio sobre Palacio, la ubicación y recuperación de Ahumada y el compromiso de todos por sudar y mostrarse para tocar. Y la ejecutó con la jerarquía de Ariel Ortega, inmenso, emocionante, ídolo. Fue el Burrito de sus comienzos con esos quiebres de cintura antológicos y el Burro adulto para dar órdenes y hacerse dueño de su equipo y del partido.Boca jamás encontró ese partido. No pudo evitar la presión del rival. No fue rebelde en la mala. No tuvo conducción porque Gracián ni siquiera se mostró para buscar los laterales. No blindó su defensa. No desequilibró con los volantes externos. No apareció Palacio una vez más en un superclásico. No le acertó nunca a la cabeza de Palermo, casi siempre la solitaria fórmula ofensiva. Un concierto de no fue Boca esta vez y no es casual que recién haya pateado al arco a los 22 minutos (derechazo de rugby de Neri Cardozo). Tampoco que Carrizo haya mantenido su arco en cero por primera vez desde que volvió. Es sencillo sentenciar con el resultado puesto, pero ¿está bien que un líder como Battaglia sea suplente en un choque así? Y eso que, cuando entró, Battaglia fue uno más en medio del desierto.Y mientras en medio de ese desierto Boca imploraba por un vasito de agua, River le tiró sal. Passarella agarró el primer salero y acertó de nuevo en un superclásico con una innovación (Ponzio de tres) y una muy esperada confirmación (Ortega y Buonanotte en la creación). Y sus jugadores, al fin, lo bancaron donde deben bancarlo: adentro de la cancha. Fue asfixiante River, prolífico para dejar tres tipos contra uno rival cuando no tenía la pelota y punzante en ataque. También lujoso en la asistencia de Belluschi, en el zurdazo de Radamel para el 1-0, en la precisión para jugar de primera, en el genial Ortega y en el chiquitín Buonanotte y su caño a Cardozo que hace inevitable la comparación con el de Riquelme a Yepes.Boca equivocó el camino al verse superado. Quiso darlo vuelta a los golpes y terminó machucado. La roja a Banega reflejó el descontrol en el retroceso y el pisotón de Paletta a Buonanotte, que a la guapeza física hay que acompañarla de sentido común. Paletta tal vez quiera ser el nuevo Patrón Bermúdez, pero el colombiano nunca hizo un penal tan innecesario en un superclásico ni quedó al borde de la expulsión por no manejar su ira.River no sacó una diferencia mayor porque es imposible mantener tanta intensidad durante 90 minutos. Y tal vez, porque si en el fútbol todavía existen los códigos, prefirió prestarle un rato la pelota a un rival lastimado. Hasta en eso tuvo una mente superior.